Una tercera parte

12 Mar 2018

 


Para los que siguen luchando por pertenecer a ese tercio

 

A sus nueve inviernos, Lucas era un muchacho enclenque y apocado, casi invisible y olvidado por el resto del mundo. Sin embargo, y a pesar de su corta vida, Lucas ya sabía más cosas que la mayoría de chicos de su edad. En la madrugada del primer día de su segundo curso escolar despertó antes de tiempo por el estruendo de la guerra y, desde ese momento, Lucas dejó de ser un niño.

 

Cada noche su inconsciente revivía el sonido, los gritos, las prisas de su padre, el llanto de su madre y los berridos de su hermana. Ya no recordaba el nombre de esa niña menor que él, el rostro de su padre, el olor de su madre ni la tranquilidad en sus voces. Solo si se centraba mucho, y traspasaba los velos del olvido y los ecos del terror, conseguía ver su habitación y la de su hermano mayor Héctor como si aún estuvieran en casa todos juntos. Su juego de construcción desparramado sobre la alfombra, su mochila preparada para su primer día de clase, la rendija de la puerta por la que se colaban las voces susurradas de sus padres, las pegatinas de estrellas que brillaban en la oscuridad sobre su cama… Pero esas luces eran algo tan lejano ya para Lucas como un globo suelto en el aire.

 

Ahora entendía que la acampada en la que perdió a sus padres y a su hermana, junto a cientos de vecinos y amigos del colegio, no era otra cosa que un campamento para refugiados. Sabía lo que era el hambre, el frío y lo que su hermano mayor seguía llamando cielo por no decir la palabra muerte. Ambos, ya huérfanos, habían descubierto muy pronto el destino que les deparaba quedarse en ese lugar a esperar cualquiera de esas tres cosas, o todas a la vez, así que se marcharon del campo de refugiados en cuanto tuvieron la oportunidad.

 

El plan del grupo de muchachos con el que se escaparon comenzó por subir a unos trenes de mercancías que pasaban cerca del campamento. Así fueron vagando entre pueblos hasta llegar a las afueras de una ciudad, dejando a algunos de los chicos atrás y encontrando otros por el camino. Su última parada ya duraba un año, pues habían hallado la seguridad de algo semejante a un hogar; El Rincón de Fitipaldi, lo llamaban en honor a su dueño, acogía a huérfanos de todas partes por un módico precio. Una trastienda en un bar sucio y destartalado, en realidad. Y, a pesar de ello, infinitamente mejor que vagar sin rumbo entre pueblos, robando comida y durmiendo en cualquier hueco resguardado de la intemperie.

 

Tras la pérdida de su hermana y sus padres, algo que acabó con todo rastro de su inocencia, Lucas y Héctor decidieron quedarse allí, entre borrachos asiduos y magos de la delincuencia juvenil, de los que aprendieron a distinguir a los adultos más peligrosos e infinidad de trucos para sobrevivir. En una zona pobre de las afueras de una gran ciudad europea, cuyos habitantes les miraban siempre con un deje de clasismo cuando les veían pasar o ignoraban su existencia, esas habilidades eran inmensamente necesarias.

 

Lucas hacía caso omiso a ambas clases de persona, pues ninguna de ellas sabia lo duro que era tener que encontrar en la basura algo con lo que llenar su estómago y el de los muchachos de Fitipaldi. Aunque, sobre todo, debían buscar a conciencia a un sibarita atolondrado al que sacarle cualquier pertenencia que llevarle al dueño del Rincón en calidad de alquiler.

 

La tarea principal ya la habían cumplido con un grupo de turistas japoneses demasiado ocupados en hacer fotografías de los monumentos de la ciudad como para preocuparse de sus carteras, mochilas o, incluso, chaquetas. Héctor había conseguido un abrigo nuevo para el señor Fitipaldi. Pero no se lo había prestado a Lucas, su hermano menor, a pesar del frío que tenía mientras se procuraban la cena. En su lugar lo había puesto sobre los hombros de Clara, la última huérfana a la que el Rincón había abierto sus puertas de par en par y que, a simple vista, era la muchacha más bonita que ninguno de ellos había visto en su corta vida.

 

Ella, con su pelo largo y rubio y sus grandes ojos azules, bien abrigada y sin intención de participar en la actividad que les tocaba ahora si querían cenar algo hoy, observó a distancia al grupo de muchachos del Rincón. Lucas la ignoró y se metió, junto con el resto, en los grandes contenedores de basura del puerto en busca de cualquier alimento que no les enfermase más de lo que algunos ya lo estaban.

 

Clara creía que su hermano Héctor le conseguiría algo de comer sin tener que poner un solo pie en los contenedores, como los demás. Seguro que pensaba que, por ser bonita y tener a su hermano atontado con sus enormes ojos azules, no tendría que trabajar. Clara daba por sentado demasiadas cosas. Sobre todo en cuestión del alquiler que tendría que pagar pronto por su cuenta al señor Fitipaldi si no quería que la pusiera de patitas en la calle, pensó Lucas para sí mismo mientras apartaba una bolsa enorme de tripas de pescado para llegar al fondo del basurero.

 

Allí, donde la luz no traspasaba de tanta basura como se amontonaba, entre olores a putrefacción y moscas, había vida. No una especialmente fácil de atrapar, pero en cantidad suficiente para el grupo que ya había dispuesto los hilos con la carne de las lapas; las que habían rascado de las rocas del espigón del puerto esa misma mañana.

 

Si tenían paciencia, y no formaban mucho alboroto durante un rato, los cangrejos que subsistían en el fondo del contenedor picarían. Tenían que estar muy atentos, pues debían ser rápidos. En cuanto notaran un ligero tironcito de los hilos que habían colado estratégicamente en los huecos entre basura que llegaban al fondo del contenedor, tendrían que apresurarse en dar un seco tirón lo suficientemente fuerte para hacer volar al cangrejo fuera del contenedor y atraparlo antes de que huyera. Gracias a él, hoy no tendrían que llevarlos metidos en los calcetines o en los gorros y los bolsillos, cuidando que no se salieran por los agujeros entre la tela pasada y descosida, pues tenían el bolso vacío de una japonesa despistada en los que llevarlos hasta el Rincón.

 

La cocinera los guisaría para ellos si le daban parte del botín para ella y, sobre todo, para el señor Fitipaldi. Él prefería las carteras y cualquier cosa que pudiera jugarse en las partidas de cartas que organizaba en su local hasta altas horas de la noche. Si tenían mucha suerte, y al señor Fitipaldi le gustaba lo que le llevaban hoy, les dejaría cenar tranquilos con la cocinera en la trastienda del Rincón sin molestarles. Sin hacerles vagar por el frío de la noche para encontrar más tesoros que poder apostar. El único problema era que, aunque hubieran dado con una buena cantidad de tesoros nuevos para el señor Fitipaldi, la cuestión de pescar su cena se les estaba resistiendo bastante.

 

—¡Moriré de hambre! —se quejó Lucas cuando pescó un cangrejo tan pequeño que apenas era mayor que su pulgar.

 

—¿A ver? —Clara se acercó a inspeccionar su conquista, la cual ocultó de su risita de burla mientras el resto del grupo se arremolinaba a su alrededor.

 

—¡Pero si es diminuto! —exclamó su hermano, riendo a carcajadas y provocando las del grupo, que le enfurecieron aún más—. No te preocupes, hermanito —le dijo, poniéndole el brazo sobre los hombros—. Cogeré uno tan grande y carnoso que el tuyo nos servirá de mondadientes.

 

Lucas miró de reojo y con fastidio el guiño que Héctor le dedicó a Clara, y la sonrisa vergonzosa de ella en respuesta le crispó los nervios. Se deshizo del brazo de su hermano y lanzó con todas sus fuerzas el ridículo ejemplar de cangrejo hacia el fondo del callejón, malhumorado.

 

Volvió a colar el cebo en el hueco entre la basura en cuanto consiguió hacer equilibrio, sentado en el borde del contenedor, farfullando para sus adentros. Seguro que Héctor lograba pescar el más grande solo para impresionar a Clara. Aunque si fuera solo por eso no tendría ningún problema. Lo que le tenía tan enfadado era que Héctor ya llevaba días compartiendo con ella lo que antes había sido solo para los dos. ¡Si quería cangrejo, que pescara! Pues no. Ahí estaba ella tan pulcramente vestidita y abrigada, con su estúpido pelo rubio y sus enormes ojos azules ávidos de caridad esperando que le sirvieran la comida sin tener que mancharse.

 

De tanto en tanto, algún cangrejo volaba fuera del cubo y todos felicitaban a su pescador sin que él consiguiera nada más que ejemplares diminutos que acababan en el fondo del callejón. Cuando tuvieron suficientes, los muchachos fueron desistiendo de su empeño con las prisas de volver al Rincón para devorar sus capturas, pero Héctor no se dio por vencido. Casi a oscuras, y haciendo coro a las quejas del resto del grupo por sus estómagos vacíos, tuvieron que esperar a que Héctor cumpliera su palabra con Clara a pesar del bolso cargado de cangrejos que ya podrían estar dentro de una olla.

 

En el momento en el que su hermano pidió ayuda a los demás para tirar de su hilo, uno de los muchachos salto a la basura y metió la mano por el hueco a toda prisa para alcanzar al cangrejo más grande que había visto jamás. Lucas saltó en dirección contraria, pasando de largo la emoción de Clara por el banquete que se iba a dar sin haber movido un dedo, y se adelantó al grupo para llegar al Rincón antes que ninguno de ellos. No quería felicitar a su hermano sabiendo que un tercio de lo pescado iría a parar al estómago de esa inútil. Prefería ser el primero en anunciar al señor Fitipaldi la pesca y los tesoros que estaban por venir, pues el mensajero de tan buenas nuevas siempre obtenía, al menos, un panecillo recién hecho de la cocinera. Eso calmaría su descontento, o eso creyó hasta que el resto del grupo llegó y la cocinera importunó a Clara con lo obvio: ella ni siquiera olía a pescado podrido como el resto de muchachos.

 

—Si quieres tener un techo donde dormir esta noche, más te vale subir a la habitación del señor Fitipaldi. Ha vuelto a preguntar por ti y ya no voy a darle más excusas, niña —le espetó la mujer a Clara de forma tajante antes de añadir—: Cenarás luego si el señor se queda contento. Si no, te irás a la calle esta misma noche con el estómago vacío. Así que muévete.

 

El gesto de Clara se ensombreció y palideció mientras el grupo de muchachos permanecía en silencio. Incluso su hermano Héctor, que ya sabía lo que pasaría si Clara subía las escaleras, no dijo nada. La última vez, el señor Fitipaldi le había dado tal puñetazo por intentar que Clara no subiera las escaleras que había pasado una semana con media cara amoratada. Lo mismo que Clara había tardado en volver a hablar y a sonreír.

 

Ambos hermanos se sentaron junto a los muchachos entre los vapores de la cocina cuando Clara entró en el bar por la puerta de la trastienda siguiendo el andar decidido de la cocinera. Todos permanecieron callados mientras escuchaban los pasos por la escalera y las voces lejanas a través de la madera podrida del techo. Pero en cuanto empezaron a oírse los quedos sollozos de Clara, tanto él como su hermano huyeron del Rincón. Se escondieron esperando el amanecer con los estómagos vacíos a excepción del bollo de pan recién hecho que partió, guardando un tercio para Clara y tomándose las furtivas lágrimas de su hermano como una señal inequívoca de que El Rincón de Fitipaldi no sería su última parada.

 

 

 
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