El precio de lo imposible

4 Apr 2018

 

 

Para las personas que tienen la esperanza de ver el karma volver.
Para las almas que no desisten en la buena fe de sus acciones.

A mis padres, que me enseñaron a ser ambas.

 

 

La señorita Rosa

 

Mi rutina de cada mañana era, como bien aprendí desde muy joven, organizada, rápida y sencilla: me ponía el uniforme limpio que había dispuesto y planchado al salir del trabajo, tendía el que había lavado la noche anterior y de paso echaba un ojillo al cielo para saber cómo sería mi día. Las nubes me dirían si la mañana tendría olor a café o a algo más, y ese en particular avecinaba un extra de carajillos y sonrisas para mis marineritos.

 

Recogí mi pelo a conciencia en un moño que, a simple vista y como las nubes, solo mostraba el paso del tiempo por el cambio de color. Coloqué un pañuelito en mi cuello de un tono alegre para hacer contraste con el mal clima y salí por la puerta de mi casa despidiéndome con una mirada de mi Antonio, que me sonreía desde nuestro retrato de bodas, colocado de forma estratégica en la mesita de la entrada.

 

Siempre que veo mi juventud en ella arrugo el ceño, pero en seguida sonrío a pesar de que esa fotografía en sepia, ajada por los años, no hace justicia al recuerdo de la escasa vida conyugal en la que mi marido pudo colmarme con las dádivas propias de una reina. Apenas recuerdo ya su voz, ni tampoco cada detalle del tiempo que me quiso y, aun así, el sentimiento que me acelera el corazón persiste como un ancla que nunca me abandona.

 

Entre algodones me tenía mi Antonio, así que cuando el cáncer se lo comió en cuestión de semanas me vi desprovista de sus besos por las mañanas antes de irse a trabajar, de los futuros hijos en común cuyas habitaciones vacías aún esperaban ocupantes y, lo más doloroso de todo, de mi querido Antonio; el hombre que había pasado siete años de su vida entre idas y venidas desde mi pueblo al suyo con tal de verme, aunque fuesen unos minutos, y cuya única fotografía me sonreía marcando el inicio y el final de cada uno de mis días.

 

Todo lo que yo pudiera poseer hasta el momento estaba a su nombre pero, como único consuelo por quedarme viuda a los pocos meses de la boda, me nombraron dueña de la casa y me ofrecieron vender el barecito del puerto que mi Antonio tanto atesoraba. No pude. Fui incapaz de entregarle a otro hombre lo más preciado que conservaba de mi marido por buenas que fuesen las ofertas o las intenciones.

 

Me llamaron muchas cosas, y ninguna agradable, cuando, aún desolada por el luto, decidí abrir las puertas de El Muelle y encargarme por mí misma de un negocio que desconocía. Susurraban crueldades a mi paso por el mercado y en la plaza de la iglesia, pero ninguna de ellas llegó a entrarme por un oído sin salirme por el otro. Mi Antonio decía que mi cabezonería era tan íntegra y tajante como mi determinación, y no solía equivocarse. Aún lo pienso a veces cuando, a pesar de mis años, veo a Don Alberto esperando cada mañana para ayudarme a abrir el negocio.

 

Mi Antonio dijo antes de morir, y eso se me quedará grabado por siempre, que el día en que él ya no estuviera yo tendría a todos los marineritos del pueblo a mis pies. En eso tampoco se equivocó, aunque Don Alberto no era precisamente el marinero por excelencia de la zona y jamás se pondría a los pies de una mujer tan sencilla como yo. Don Alberto había sido un gran maestro de escuela, un hombre de las letras que a mí tanto me costaron aprender. Y no por falta de interés, sino porque en casa de mis padres una mujer sabía que su lugar no estaba entre los libros, precisamente.

 

Así fue cómo, cuando me quedé viuda, no quise volver a mi pueblo natal tierra adentro y me quedé entre las gentes del mar, a las orillas de El Muelle, viendo regresar las barcazas y escuchando los rumores del salitre día tras día. Unas veces eran tan fríos como las mañanas de poniente, y otras parecía que la tempestad entendía al fin que mi decisión de regentar el bar de mi marido no iba a cambiar por mucho que soplasen los vientos en mi contra. Qué razón tenía mi Antonio… Y qué calladito se lo tenía.

 

La mañana que recibí la primera carta del banco no me acordé de él de la manera en la que una mujer viuda debería recordar a su difunto marido. Fue solo por unos días, pero el retrato de nuestra boda se pasó bocabajo el tiempo que a mí me duró el enfado con mi Antonio por no advertirme de que las deudas contra las que yo llevaba luchando en el bar durante años iban a lastrar también la que ahora era mi casa. Hice números, comprobé facturas y, con la cabeza tan revuelta de deudas, hasta perdí el sobre donde tenía los resultados de mis cuentas, que no eran nada alentadores.

 

Entonces exculpé al pobre difunto y fui directa a por los bancos, que en todos los años que yo llevaba regentando El Muelle no me habían dicho unas palabras tan crudas como lo fueron: deudas cuantiosas, cotización insuficiente, jubilación inminente, solvencia nula y embargo de propiedades. ¡Tres meses me daban para hallar una solución imposible! Y me lo dijo un muchachito no mucho mayor que Pedrito, el hijo de mi vecina, al que yo había dejado a cargo de mis marineritos en El Muelle.

 

Su madre me contaba a menudo que, si el chiquillo no estaba atareado en algo productivo, se pasaba el día cazando moscas, así que yo lo tenía aprendiendo el oficio y a veces me hacía el favor de sustituirme. Sabía que Don Alberto le vigilaría bien de cerca, que él seguiría la rutina que ese día yo rompí junto con el dique tras el que había escondido mis lágrimas durante tantos años. Ya no tuvieron contención alguna.

 

Me repuse, no obstante, y con toda mi fuerza de voluntad decidí que no tenía más remedio que seguir adelante, por no perder la costumbre. Continuaría siendo mi Muelle hasta que los números no me lo permitiesen un solo segundo más. No sabía qué sería de mí ni de mi casa después, pero me centré en hacer tan nimios mis problemas en comparación con los de mis marineritos que el tiempo se me pasó en un suspiro con olor a carajillo.

 

Fue un nueve de diciembre cuando recibí el último aviso con la fecha exacta en la que las autoridades pertinentes se presentarían en mi casa para decirme que ya no era mía. Para dejarme fuera de mi Muelle, de mi hogar, y permitir sin miramiento o pudor alguno a pesar de mis canas que me ahogara la tormenta en los primeros días del año venidero. Lo iba a perder todo y no podía hacer nada por evitarlo.

 

Esa noche no dormí. Me abracé a mi Antonio y recorrí cada rincón de mi casa intentando cuantificar cada objeto que poseía sin llegar, ni de lejos, a la cantidad de números que los bancos me exigían. Números que en mi vida fueron tan terribles de afrontar, hiciera lo que hiciese. Ni siquiera vender mi casa y vivir de ahora en adelante en mi Muelle serviría, pues los números de mis años y recuerdos en mi hogar pesaban tanto como los de mis deudas.

 

Mi rutina se fue al traste prácticamente cuando, a la mañana siguiente, desperté en la salita de estar rodeada de viejas cartas, fotografías, facturas y fechas de embargo. Corrí hacia mi Muelle, pues aún era mío, y la mirada confusa de Don Alberto al verme aparecer hecha un desastre de pies a cabeza, fijándose sobre todo en mi moño despeinado, me recordó que no debía inmiscuir en mis problemas a mis marineritos, y menos a Don Alberto.

 

Sonreí tranquila de solo pensar en su apoyo diario; uno que nunca me había atrevido a pedir a nadie y él me ofrecía cada mañana y tarde desde hacía más de diez años. Desde que se había jubilado de su trabajo como hombre de letras y había decidido dedicarse a una vida de costumbres tan afianzadas como las mías. Agradecí más que nunca que Don Alberto no hubiera sido un hombre de números. Pero sobre todo di las gracias al cielo por su presencia, y me di cuenta entonces de que él también se había vuelto ya una parte vital de mi rutina.

 

Don Alberto, todas las mañanas, se hacía cargo de poner cada taburete en su sitio. Los que había dejado sobre la barra la noche anterior para que yo barriera y fregara sin estorbos. Ocupaba siempre el mismo lugar, en la esquinita más resguardada de la barra, mientras yo ponía en marcha las máquinas. El primer café de mis mañanas era para él, que sacaba su libro de lectura del momento o su libreta de notas y apuntaba sus cosas en ella. Más de una vez me he preguntado qué escribirá con tanta vehemencia, abstraído y enamorado por la forma curva de las letras. Siendo un hombre tan ilustrado, creo que no me atrevería a curiosear en voz alta por miedo a que su respuesta escapara de mi entendimiento.

 

Esa desastrosa mañana me sentí tan obligada a tener algo que darle junto a su café solo sin azúcar que le serví una magdalena en un platito sin preguntarle siquiera si la quería con tal de no interrumpir su escritura. Aunque nunca me aceptaba la ración de bizcocho de naranja casero que esa mañana no le ofrecí, pues había olvidado hacer la rutinaria receta entre mis miles de facturas, él la aceptó con un amabilísimo:

 

—Gracias, señorita Rosa.

 

Era el único que me llamaba así desde el primer día, aun sabiendo que había estado casada. Ese detalle que algunas considerarían una falta de respeto hacia mi difunto esposo, yo me lo tomaba como un inmenso halago de un hombre inteligente, culto y respetuoso. El resto de mis marineritos, que siempre llegaban arrastrando los pies en los días de lluvia, pues el mal tiempo les traía tan de cabeza como a mí mis deudas, habían pasado de un seco “señora” a un cariñoso “la Rosa” en los años transcurridos.

 

Cada vez que oía mi nombre en sus rasposas voces cargadas de carajillo pensaba que es cierto lo que se suele decir sobre el mar: que a pesar de su fuerza e inmensidad, siempre se amolda a los límites si estos se mantienen firmes. Y eso hice yo. Me aferré a mi rutina para no sucumbir al descorazonador año nuevo y a las fechas festivas en las que hasta mis marineritos abandonaban los amarres de mi Muelle para volver con sus familias. Solo Don Alberto permanecía, como un faro de luz siempre vigilante, atento e inamovible de su taburete en el rinconcito más resguardado de la barra, esperando a que yo cerrara para poder ayudarme en silencio.

 

Esa tarde me alargué todo lo posible en detalles tontos, disfrutando de uno de nuestros últimos momentos a solas. Me dolía el alma de saber lo que iba a perder de un solo golpe, como si estuviera viendo venir la inmensa ola que se llevaría a mi Muelle, a mis marineritos, a mi casa y a Don Alberto sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo. Me costó no echarme a llorar, confesarle todo cuanto podría decirle sobre mis propios problemas, pero la barra del bar era una vía de confesiones en un único sentido y nada de lo que yo dijese frenaría el desastre.

 

Lo que no supe yo hasta esa noche, en la que Alberto me sorprendió con unos regalos de Navidad que no esperaba, fue la tremenda bondad y comprensión que escondía su acostumbrada amabilidad hacia mí. Como un secreto mal guardado que había pasado desapercibido durante años entre mis rutinas, con las que obviaba lo evidente. Lo que sus ojos azules habían observado sin yo ser consciente de lo lejos que sus luces podían llegar a vislumbrar, obligando a las oscuridades de mis noches en vela a desaparecer.

 

 

Don Alberto

 

Tres meses tardó en decirme que sí. Tres largos meses en los que pude ver cómo iba al trabajo todas las mañanas con el pelo firmemente recogido, el uniforme impoluto, y un pañuelo reliado al cuello de un color diferente cada mañana. Atendía a sus clientes con una equitativa sonrisa, con el brillo de sus ojos oscuros siempre atentos a la necesidad de cada persona que la llamaba por su nombre de pila. Yo nunca me atreví.

 

En un pueblo costero tan pequeño, la señorita Rosa no pasaba desapercibida así como así. Tenía un carácter que sorprendía por su candidez en un trabajo en el que bien podría haberse convertido en una mujer agriada de tanto servir. De ser objeto de las burlas primitivas y continuas de hombres rudos y solitarios acostumbrados al mar y que, sin otra cosa que hacer con sus vidas en los días de tormenta, bebían hasta llegar la noche y regresaban a sus asientos en la barra no bien había salido el sol.

 

Ellos, sin embargo, se volvían mansos al traspasar el umbral de El Muelle. Intercambiaban con la señorita Rosa un poco más de licor mezclado con café amargo, pero bien caliente, mientras sucumbían a su complaciente sonrisa y a su atención, que derrochaba afecto y comprensión a cada problema compartido. Eran sus fieles protectores y confesos, y yo el observador que anotaba cada momento de iluminación en su cuaderno cuando los torrentes de palabras me inspiraban con una sola mirada suya. Con cada nimio y desinteresado acto que tanto abarcaba.

 

Ella es el punto de amarre rodeado por un mar embravecido, y su sonrisa la calma y luz entre las nubes que sus encallecidas almas necesitan para sentirse a salvo de la tormenta que les espera fuera.

 

Los vecinos ya habían dejado de hablar de la señorita Rosa a sus espaldas. Con los años habían obviado y normalizado el hecho de que una mujer, viuda desde muy joven, se hubiera hecho cargo del negocio de su difunto marido sin ayuda de nadie. Como el espigón de un puerto, la señorita Rosa se había mantenido firme en su sitio contra viento y marea.

 

Un ejemplo de lo que ahora la juventud llama pionera feminista por clasificarlo de alguna manera. Lo que tienden a hacer demasiado rápido, como con prisas por usar menos palabras de las que pueden y deben, cuando de toda la vida es sabido que eso es ser una mujer excepcional que convierte el impacto de las mareas de opiniones en contra en simples susurros en la brisa.

 

Sin miedo de extenderme con las palabras, debo ser firme en las definiciones correctas y no por etiquetas. Nadie merece tanta generalización moderna, suelo pensar a menudo mientras divago en mis escritos, y menos alguien como la señorita Rosa.

 

La mujer más íntegra y bondadosa que he conocido en mi vida.

 

Tanto era así que no lo sospeché, ni siquiera lo vi llegar, cuando la señorita Rosa salió antes del trabajo un martes por la mañana, dejando desamparadas a todas las esencias rotas que ella remendaba en la barra de su bar con café y licor como anestesia.

 

—¿A dónde va la Rosa? —inquirió uno de los asiduos a los remedios de la señorita.

 

—No lo sé. Decía que tenía una cita importante —contestó el chaval al que ella recurría a veces para hacerse cargo de su bar en esas raras ocasiones en las que, de otra manera, tendría que cerrar.

 

No. El bar de la señorita Rosa jamás cerraba, ni siquiera en festivos. Ella solía decir que la única familia con la que compartiría cualquier celebración eran ellos, y que pasar el día de brazos cruzados no significaría en absoluto un descanso, sino un sinvivir. Nadie la movería de su local mientras le quedaran fuerzas en los huesos. Lo sabía hasta el último de los que la conocían, y eso concernía a cada hombre, mujer y niño del pueblo.

 

Así es ella, tan fiel a su clientela como el salitre al mar.

 

Sin embargo, el hijo de la vecina de la señorita Rosa no era un futuro camarero, ni siquiera un buen conversador, así que la ausencia de la dueña de sus remedios les hundió a todos en un silencio meditativo que acabó por dejar el local ausente en poco rato. Solo yo me quedé a esperar su regreso hasta que, cuando fue evidente que la señorita Rosa no volvería ese día, ayudé al muchacho a realizar las tareas de cierre del local en las que normalmente ayudaba a la señorita Rosa. Verla barrer y fregar cada rincón del bar, y cargar con los pesados barriles de metal para recargar el sifón de la cerveza, me producía un desasosiego tremendo.

 

Encargué al muchacho sacar las grandes bolsas de la basura y tirarlas a los contenedores del fondo de la calle mientras yo hacía las labores de limpieza. Algo que no se me daba tan bien como a la señorita Rosa, pero que llevé a cabo agradecido de no tener que vérselo hacer a ella, pues siempre se negaba a dejar que me tomara las molestias. No por orgullo ni costumbres sexistas de las que tanto se queja la gente capaz de apreciarlas, sino por pura y absoluta pureza de corazón.

 

Nadie habría pensado que el sobre abierto que hallé tirado entre los barriles de cerveza vacíos, los que la señorita Rosa amontonaba cerca de la zona de servicios, fuese suyo. Su contenido era un sinsentido de números escritos a mano, y no había ningún nombre en él para el destinatario, ni siquiera un remitente al que devolvérselo. Lo guardé, no sé muy bien por qué, e incluso lo olvidé durante meses por considerarlo un acertijo imposible.

 

La señorita Rosa volvió a trabajar al día siguiente con el mismo buen talante, atendiendo a sus clientes sin un solo atisbo de inquietud, así que di por sentado que ese sobre pertenecía a cualquiera de los hombres que le contaban sus penas constantemente.

 

Al igual que yo, pasan las horas viéndola ir y venir entre los vapores del café y los efluvios añejos, con tranquilidad pero sin pausa, recetando sus sabias palabras de consuelo.

 

A diferencia de mí, ellos no sienten que las noches son eternas hasta que sale el sol y la señorita Rosa asoma por la calle iluminando mis días.

 

Fue la mañana de un diez de diciembre, casi tres meses después, cuando tuve la certeza de que algo no iba como debía; la señorita Rosa llegó tarde a la apertura del local. Su resistente peinado parecía haber sufrido la fuerza de un huracán y sus cabellos canos sueltos dejaban a la vista zonas ralas en su cabeza. Llevaba el mismo pañuelo turquesa del día anterior algo torcido, y entre los pliegues de la tela se podían apreciar los de su piel. A pesar de la calmada sonrisa que mostró en cuanto me vio esperando a la puerta de su bar para ayudarla a colocar las sillas, mesas y taburetes, supe desde ese instante que, si me atrevía a preguntarle, ella me daría la respuesta que me parecía tan imposible.

 

Esa misma noche, tras apreciar minuciosamente cada esfuerzo suyo durante el día, que transcurrió como de costumbre excepto por el detalle del que solo yo fui testigo por la mañana, busqué el sobre que había encontrado meses atrás. Releí cada símbolo y descubrí el enigma del maremoto que arrasaba la tranquilidad de la señorita Rosa.

 

Una mujer que no solo se ha hecho con el timón de su propio y frustrado futuro a pesar de las apariencias sociales transgredidas, las pérdidas y penurias sufridas, sino con las de todas las almas que pasan por su bar y ella cobija, escucha y sana con su indudable don innato de palabra y buen corazón.

 

Guardé las apariencias de la misma manera elegante y considerada con la que ella contenía cada día sus propios problemas, ahogándose en ellos y aceptando, aun así, grandes cubetadas de los ajenos. Durante dos semanas me sentí responsable, cómplice de un silencio cargado de sonrisas calmadas, del brillo de sus ojos que nadie parecía haber visto desaparecer poco a poco. Yo sí y, por tanto, esperé para reunir lo necesario y atreverme a realizar la pregunta que llevaba guardándome tanto tiempo como el sobre que le mostré a última hora de un domingo, cuando el resto de clientes ya se habían marchado a casa a cenar con sus familias para celebrar las fiestas.

 

—Señorita. ¿Esto es suyo? —pregunté sin dejar de observarla cuando ella fijó sus ojos oscuros, ya carentes de brillo, en el sobre que puse sobre la barra.

 

—Sí —respondió la señorita Rosa, al fin, con un profundo suspiro—. Gracias, Don Alberto. Creía que lo había perdido.

 

—No lo ha hecho —dije antes de adelantar el sobre hacia ella—. Y no lo hará.

 

Entre los papeles que yo había encontrado dentro de ese sobre, se hallaban una infinidad de cuentas escritas a bolígrafo con números que no había relacionado en un principio con lo que realmente querían decir; las enormes cifras de sus gastos y los de su negocio estaban a punto de llevarla a la bancarrota y, por consiguiente, al desahucio. Su modesto hogar, la casa que había pertenecido a su difunto marido, hacía de aval del negocio que ahora estaba a su nombre.

 

Además, la edad de su jubilación obligatoria por ley no estaba tan lejos como su pañuelo de colores y su recio peinado querían ocultar. La pensión que le pertenecía era irrisoria, injusta y mortificante para cualquier ser humano. Más que eso, ya que se trataba de una señorita que no había dejado de trabajar un solo día de su vida.

 

Lo que la señorita Rosa encontró en su sobre, no obstante, fue muy distinto a lo que ella esperaba. Su rostro reflejaba la duda por el inusual tamaño de lo que contenía, pero no se atrevía a abrirlo delante de mí, así que se lo tendí y ella miró el contenido con los ojos desorbitados de la sorpresa.

 

—Todo el pueblo ha aportado una buena parte en calidad de presente para usted, aunque no sepan el motivo real de su situación —susurré cuando ella sacó del sobre el dinero que había conseguido reunir entre los asiduos al bar y los vecinos—. Feliz Navidad, señorita.

 

Antes de que se le ocurriera negarse a aceptarlo, pues sabía que lo haría, le ofrecí mi mejor pañuelo, preparado para la ocasión, y tomé su delicada mano entre las mías, a las que ella se aferró con fuerza. Solo su mirada fue suficiente para entender el lenguaje más allá de las palabras con el que Rosa me agradeció el pago por la labor de una vida que no tenía un precio justo en este mundo.

 

Esa fue la primera vez que vi la verdadera sonrisa de Rosa. Una que inflaba sus enjutas mejillas y abarcaba sus ojos oscuros, brillantes de la emoción que los desbordaron en lágrimas. Tardé poco más en dedicarle un último presente personal esas fiestas entregándole mi cuaderno, donde tanto había confesado en silencio, con una última anotación:

 

Desde ese día en adelante me llamó Alberto, solo Alberto.

Y yo a ella Rosa. Mi querida Rosa.

 

 

 

 


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